viernes, 10 de junio de 2016

PUEBLOS ORIGINARIOS

La expresión anotada como título se usa frecuentemente. Supera a aquella otra: “minorías étnicas”. Vale la pena analizarla. Implica evaluar como raigal sólo lo amerindio. Lo otro, el 90% de la población –como se escucha a líderes indigenistas- es un collage, es decir, una suerte de mosaico sin pie ni cabeza. La chilenidad, por ejemplo, sería invención advenediza y tardía. Lo único nativo  –en el continente- es ese 5% de población autóctona. El otro 5% son los euroinmigrantes y los que se creen tales para distinguirse de la masa. Incluso lo de “autóctono” es discutible. Sin embargo, quedemos por ahora en eso de “originario” que convierte, de “golpe y porrazo” a 400 millones de mestizos en extranjeros.

Iberoamérica –tal cual hoy la conocemos- con todas sus cualidades y defectos es producto del choque entre la Península y el Nuevo Mundo. Aquí ingresan los conquistadores y exploradores que bajan de carabelas y galeones. No son turistas ni circunstanciales mercaderes. Vienen y para quedarse. Convierten el gigantesco espacio en domicilio. No traen familia, son célibes y ajenos a los prejuicios raciales. Generan una muchedumbre que numéricamente los supera: los mestizos. Como todo grupo dominante privan a las tribus de las muchachas. En ellas engendran estos “terceros en discordia”. Son los “hijos de la mezcla”, según feliz expresión de Rubén Blades.

Los intereses forasteros, la leyenda negra y la sensiblería juvenil favorecen este marbete –“pueblos originarios”- que es mendaz. Ello porque en esta América –de Tierra del Fuego a Alaska- no es fácil establecer quien primero se radica. Cazadores siberianos, canoeros polinesios o maories australásicos serían el abolengo de las heterogéneas colectividades indígenas, Con ellas de modo gradual irán entrando en contacto -bélico o pacífico- el otro pueblo originario –hispanos y lusitanos- que también plasma nuestro ser nacional. Ello sin olvidar el contingente afronegro. Son las tres fuentes originarias de nuestro ser desmembrado, políticamente, con la emancipación.

En nuestra América no hubo holocausto -es decir, genocidio- ello no por filatrópíca evangelización, sino por necesaria mano de obra. Sin braceros no es posible edificar ciudades y cultivar campos, talar bosques y ensanchar senderos. extraer metales y ocuparse del ganado o usar la madera para naos y faluchos. Los conquistadores son una minoría con fuerza laboral limitada. El milagro de civilizar nuestra América acorde con la patrón peninsular se logra con la energía de la muchedumbre indígena. Hubo un proceso de transferencia tecnológica. Ese fenómeno de docencia compulsiva implica mixturar estrategias, estilos e ingredientes, pues los amerindios no son tabla rasa. 

Perdura lo aborigen en manifestaciones como la gastronomía y la arquitectura, el arte pictórico y la imaginería para citar apenas cuatro esferas. En lo biotico un nuevo paño poblacional se interpone ente "conquistadores" y "conquistados".  Como expresa Gabriela Mistral  "En México, Perú y Chile somos el azteca-español, el quechua-español o el mapuche-español". La rotunda prosa mistraliana de El Grito es la apología de la amalgama. Hubo mestizaje por violación o de tránsito así como barraganía estable en la vida de la hacienda o en los caserones de las nuevas ciudades. Nacían  párvulos que escogían el castellano como idioma no sin adicionar vocablos de los dialectos maternos y asumían como propia la fe de los fundadores. 

Nuestro sello -se reitera-  es la mixtura. Los iberos ostentan vocación de mestizaje. A los pocos años de fundado Santiago de Chile, narra un cronista, “la quietud de la plaza es alterada por mozuelos con sus juegos y bregas”. Jamás esos adustos vecinos “importan“ infantes desde España ¿Cómo es posible que -en el eje urbano central- aparezca ese enjambre de chavales con sus travesuras y riñas. Lo explico: es el fruto del “mestizaje florido”, dicho de otro modo, ya no son los que ya están ni los que llegan. Se trata de los protosantiaguinos, los primeros chilenos y como tales tan “originarios“ como sus madres picunches. Vía ius sanguis y ius soli son nacionales.