miércoles, 12 de agosto de 2015

ROBERTO AMPUERO: OPINA

 No es fácil ser ciudadano chileno en estos días. O digámoslo de otra forma: hasta hace poco era más fácil serlo. Hasta hace poco uno viajaba por América latina y, estuviese en Argentina o Cuba, Venezuela o Ecuador, Colombia o Uruguay, hablaban de Chile con respeto, como un país excepcional en muchos aspectos. Nosotros, como chilenos, sabíamos que no éramos perfectos, y nuestros amigos también lo sabían, pero lo cierto es que íbamos por el mundo con cierta aura de excelencia latinoamericana, lo que no deja de ser.

Las cosas cambiaron abruptamente. Y cambiaron para mal. Mi experiencia en viajes recientes ha sido más bien incómoda, por no decir traumática, y creo que a muchos les ocurre algo parecido. Hace unos meses me sorprendió en Londres una noticia en la prensa británica sobre bandas de delincuentes chilenos que hacen la América en capitales europeas. Los detalles: tipos sofisticados y solidarios entre ellos, que viajan por el Viejo Continente pasando por las casas de acogida que han establecido. Como buenos chilenos son organizados. Se organizan para delinquir.

En Inglaterra, por cierto, un sicólogo brasileño al cual traté de explicar la existencia de estos delincuentes de exportación (difícil de explicar, desde luego) me recordó la actitud de barristas chilenos en el último mundial de fútbol. Causaron pésima impresión en Brasil por entrar en masa a los estadios sin pagar, formando estampidas, seguros de que nos les pasaría nada. Me decía el brasileño, ignoro si es verdad, que sólo chilenos han intentado entrar masivamente a los partidos de un mundial de fútbol. Bueno, como en Brasil la policía no es como la de Chile, terminaron detenidos y tratados de forma dura. Eso sí, nadie se atrevió a golpear a policías allá. Pregunta el brasileño qué ocurrió con ellos acá. Lo ignoro. En estos días, el sicólogo llamó vía Skype para averiguar cuál era la opinión de los chilenos sobre el “dedazo” de Jara y el accidente en Ferrari de Vidal.

Acabo de estar en Madrid participando en un foro internacional que abordó cuatro países del mundo iberoamericano que hoy afrontan problemas. Y allí, junto a la España de la crisis, la Venezuela de la mega crisis y la Cuba de los Castro, figuraba Chile. Lo doloroso era la pregunta que flotaba en el ambiente: ¿Qué pasa en Chile que se latinoamericanizó de la noche a la mañana? Estoy por asistir a otro encuentro en Estados Unidos, y ya sé qué preguntas me esperan. Soy crítico al gobierno, pero amo a Chile y quiero que le vaya bien, y me sentía igual de orgulloso cuando nos iba bien bajo Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet I como bajo Piñera. Ahora es doloroso lo que está ocurriendo. La crisis de confianza generalizada, incluida. Lo digo como patriota. El prestigio cuesta años construirlo, nada perderlo.

Hasta aquí pareciera que mis cuitas tratan más bien de minucias, hinchas y delincuentes, pero ojalá se limitasen a eso. Lo delicado es el clima de agobio –cuando no de odio- que ha terminado por contagiarnos a todos, tanto al gobierno como la oposición. Falta un golpe de timón o suerte que nos traiga buenas nuevas y nos ponga en onda positiva.

Ver la semana pasada a la Presidenta anunciando que no podrá continuar de la misma forma con las reformas porque fallaron los cálculos de presupuesto, me pareció lamentable. Más de lo mismo. ¿Pero de qué estamos hablando? ¿Es que son aficionados o profesionales los que hacen estos cálculos para un eventual gobierno chileno? ¿No se titularon en las mejores universidades del mundo? ¡Si en algo se ha destacado mucho Chile en los últimos decenios es en manejar bien las cifras de sus finanzas!

Ahora entramos en una etapa kafkiana: Se aplaude el “sinceramiento” (concepto chilensis) de malas noticias. Es un sinceramiento curioso el del gobierno: el de un piloto que confiesa que va perdiendo altura cuando todos los pasajeros lo vienen viendo desde hace rato y están consternados en sus butacas. Y lo inaceptable: se responsabiliza de todo a los que fueron despedidos y están lejos del poder, a los Peñailillo, Arenas y Jorrat. Ignoro si lo son, pero estas campañas furibundas me recuerdan las purgas del estalinismo o la famosa “Banda de los Cuatro” de la etapa radical de la Revolución china. Nadie sale en defensa de los caídos en desgracia, los “tronados” como dicen en Cuba, que a estas alturas lucen pálidos y ojerosos, y ni siquiera pueden defenderse. Y como si fuera poco, aparecen otros afirmando que todos sabían que las cosas pintaban mal desde un inicio. ¿Qué desorden es este?

¿Se equivocaron al hacer los cálculos o los hicieron a la carrera, con liviandad, imbuidos por el entusiasmo de llegar a La Moneda? ¿Pero quiénes hicieron esos cálculos y quiénes los aprobaron? Y, algo más: ¿lo hicieron a sabiendas de que no se podría cumplir pero convencidos de que de alguna forma se podía arreglar después la carga por el camino? Nunca ha quedado más claro que en este caso la diferencia entre una empresa privada y el Estado: Cuando ella hace mal los cálculos quiebra y desaparece, y sus dueños pagan con su patrimonio; al Estado, en cambio, le basta con entregar excusas, acusarse a sí mismo de inoperante, y sus funcionarios se apuran en celebrar el sinceramiento de que dos más dos no son cinco, y todos siguen cobrando a cuenta del contribuyente, y vamos por otro cálculo.

¿Cuándo perdimos la seriedad? ¿Hará escuela esta práctica del cálculo a la carrera para levantar una campaña populista, o los chilenos desconfiaremos ahora más de los políticos? ¿Desde cuándo los gobernantes dejaron de gobernar o gobiernan a medias, esquivando a periodistas independientes, y desde cuándo la oposición ya no es oposición, sino que opera desde dentro del mismo gobierno? ¿Por qué hemos terminado con la gente decente detrás de las rejas de casa y los delincuentes en las calles? ¿Cómo vamos a detener la polarización política y la forma en que ésta envenena nuestra existencia diaria? ¿Por qué a muchos de los connotados que demandan la igualdad, los veo a menudo sentados en clase ejecutiva o entrando a última hora a esa sección del avión? ¿Cómo se sale como país de todo esto?... Efectivamente. No es fácil ser ciudadano chileno en estos días.
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Intervención de este escritor chileno en foro efectuado en Madrid. 14.07.2015