jueves, 21 de abril de 2016

IDIOMAS, POLITICA E IMPOSTURA

Las lenguas y, por cierto, su enseñanza y aprendizaje son de interés cívico. Se recuerda la norma legal boliviana según la cual los funcionarios públicos deben manejar -además del castellano- uno de los 36 dialectos acorde con la comarca donde trabajen. Ello también invita a comentar que, en la España actual, las autoridades de Vasconia y Cataluña -atrincheradas tras las autonomías- presionan a los educadores para el aprendizaje, respectivamente, del euskaro y del catalán. Su uso, son obligatorios para la docencia y, en aula, se prohibe el castellano. La amenaza: si no cumplen serán destituidos.

Aquí no escapamos de la hipnosis "babélica". Se comienza con la fiebre del inglés. Los planteles privados que lo ofrecen desde el jardín infantil duplican matrícula. Nuestra siutiquería es potente. Además, la cartera del rubro brega por introducir el chino mandarín. Hoy se genera la asignatura de Interculturalidad. Ello permite contratar personas sin títulos habilitantes para enseñar dialectos aborigenes como el mapudungún. Ello mientras se descuida el idioma patrio cuyas falencias son notorias. Lo anotado da pie para relatar anécdota de que soy protagonista.
        
Es 2004. Están, eufóricos los “copiones” mapochinos de la experiencia escolar española. La Península vive, a horcajadas de la Transición,  el destape. La democracia se expresa en quemazones del pabellón patrio y  la histeria de los particularismos regionales. Eso de “España una, grande y libre”  se considera una zarandaja franquista. El terror de la ETA se acentúa, El afán por la “modernidad” envuelve a la sociedad española. En ese contexto nos visita, en el Ministerio de Educación, donde me desempeño como asesor, una “experta”, al parecer, catalana. 

Dicta  conferencia sobre la reforma educativa ibérica. La cierra manifestado “les agradezco la atención prestada. Sin embargo, pido disculpas por no usar el idioma del país, sino el castellano”. Quizás por fatiga nadie repara en el disparate. Constituyo la excepción. Me pongo de pie y expreso: “Discúlpeme la colega española, pero aquí el idioma nacional no es el mapudungún, sino el castellano. Me avalan Gabriela Mistral, Pablo Neruda y 15 millones de paisanos”. El silencio que se produce se podía cortar con tijera. Lo altera sólo la invitación del ministro a un cóctel.