miércoles, 17 de septiembre de 2014

ORTEGA: MEDIO SIGLO

Al finalizar 1955 -recién matriculado en Filosofía y Letras de la Universidad Nacional- se informa del deceso del notable pensador. Un lustro más tarde, ya de regreso del pudridero sovietista -y rescatando vertientes criollas de innovación política: el aprismo, el justicialismo o el fidelismo- mi generación se hace devota de "España invertebrada". No fuimos, por cierto orteguianos de la estatura de los académicos Jorge Millas o Francisco Soler. Apenas analistas apasionados del dicho texto. Allí se asimilan las nociones de aglutinamiento de la Hispanidad en torno a aquella Castilla dotada de “talento nacionalizador”.

En las páginas de ese texto supimos de los particularismos disolventes sobre los cuales no cabía sino aplicar "la fuerza que es la inexorable cirugía histórica". También se valoriza la importancia de la clase militar, el rol de las minorías egregias y la necesidad de "un proyecto sugestivo de vida en común".  Tal vez ese fervor por la España una y no atomizada es lo que impulsa -en los 30- al mozuelo José Antonio a admirarlo. Hoy el peligro que implica la ETA y el separatismo catalán actualizan ese enfoque y activan nuestra devoción bolivariana.

Después –por influjo de catedráticos de Derecho, entre otros, Aníbal Bascuñán Valdés- convertimos en libro de cabecera "Misión de la Universidad". Se aprendió, allí, más pedagogía que en todos los  mamotretos que manejan nuestras mediocres expertas en... Ciencias de la Educación, discípulas de Cantinflas,  que hoy denominamos “confundiólogas”. Fuimos también lectores, no siempre ortodoxos, de “Estudios sobre el amor”. De allí se extraen apotegmas que escandalizan a las Evas que entonces parecían revolotear en torno nuestro...

Un último comentario, no por postrero menos importante: a medio siglo de distancia,  por efecto del trauma chileno de 1973, comprendemos el afán suyo no por esquivar, sino por superar el quiebre entre republicanos y "nacionales" en la Guerra Civil (1936-1939)… A propósito del cincuentenario de su ausencia física  lo evocamos como insigne maestro. Continúa enseñando a través de su obra. Hoy los discípulos mapochinos –de modo simbólico- depositamos  copihues sobre su tumba madrileña.