viernes, 5 de septiembre de 2014

REVOLUCION Y DEMOCRACIA

La crítica es indispensable para asegurar éxito a cualquier experimento renovador. Desde luego se rechazan esas "retractaciones" impuestas por la Inquisición o la KGB. Ese es otro naipe en que se suplanta el debate por la represalia. Lo propuesto es la libertad de exponer, al interior de un proceso revolucionario, posiciones rectificatorias o discrepantes. Conductas sectarias y mecanismos autoritarios son perniciosos.

¿Habremos de entender alguna vez que disidencia no es afán de quiebre y menos manipulación del enemigo? La URSS jamás escucha a quienes, siendo filobolcheviques o compañeros de ruta,  objetan aspectos del liderazgo de Lenín o de Stalín.  Si son oidos se ahorrarían millones de vidas y luego el derrumbe del Soviet. La torpeza: confundir disciplina con ciego acatamiento. Se cubre de ignominia a quienes cuestionan equivocaciones.

El asunto es complejo. Los ensayos revolucionarios son víctimas del acoso externo. Ello genera al interior del país una atmósfera de fortaleza asediada adquiriendo macabra lógica la "cacería de brujas" que retrata Arthur Miller. La seguridad -se argumenta- exige disciplina. Sin embargo, la convierten en uniformización y, por ende, se impone la unanimidad. Entonces ¡ay! de quien critique al  jefe del "aparato" o a los caciques intermedios y básicos. 

Al discrepante se le visualiza como leproso. En el mejor de los casos: silenciamiento. No es raro  se le arrastre al paredón o fallezca "en circunstancias que se investigan”. Es cierto, no hay procesos revolucionarios perfectos, pero también es efectivo, que todos son perfectibles. Ello exige algo que la burguesía genera: la democracia. Hoy es un componente de la civilización. La revolución –se opina- es compatible con esa saludable cuota de libertad.

El bloque nacional y popular no simpatiza con eso de "democracia" y "libertad". Lo seduce la "soberanía", es decir, sacudirnos de la dependencia externa. Por cierto, también la "justicia social". Juzga que aquellos conceptos con que se inicia este párrafo son estandartes del hipócrita “progresismo” que encubren el vasallaje y el afán por torpedear a regímenes que bregan por sacudirse del coloniaje foráneo y de la explotación de minorías.

No obstante, así como finalmente se le arrebata la bandera patria a la oligarquía y hoy se ostenta orgullosa en las manifestaciones populares pareciera que se debe rescatar como algo propio la "democracia" y la "libertad" ¡Ojo! y no sólo cuando se está en la oposición, en las mazmorras o el exilio. Con mayor razón son necesarias cuando por insurrección o por sufragio se ejerce el poder. Así se evitan torpezas, se curan lesiones y se evita el derrumbe.

Los chilenos quedamos muy marcados con la Presidencia de Allende. Se inaugura en 1970, pero ya a mediados de 1972 se comienza a notar una atmósfera de polarización aguda. No sólo en el cuerpo social, sino también al interior de la Unidad Popular. Fanáticos y frivolones constituyen un frente común. Niegan o justifican errores. Hacen gala de sectarismo y asumen actitudes autoritarias. Se esquivan los debates internos argumentando que debilitan. 

Quienes insisten en advertir que se marcha hacia un barranco son acallados. Se decreta primero: "no comprenden", dicho de otro modo, son testarudos. Si insisten se les moteja de "reformistas" o "amarillos". Si continúan con su postura son lapidados como "infiltrados". Los resultados son dolorosos. El régimen se derrumba: Pinochet y su entourage estiman que la resistencia del  allendismo durará seis días. Se equivocan, en sólo seis horas controla el país. Por eso no sorprende lo acaecido en Honduras con Zelaya o con Lugo en Paraguay.

"Infalibles"  son los líderes -escudados en el dogma- desechan las observaciones críticas.  Apenas estalla el cuartelazo toman las de Villadiego. Dejan al pueblo allendista a merced de los uniformados que, manipulados por la clase dominante y el Pentágono ejecutan la represión de todos conocida. Se regresa a la semilla de este comentario: es indispensable poner punto final a la doctrina staliniana de lo "monolítico" y a tachar de "fracciones" a las que son "tendencias".

En el contexto de quienes anhelan renovar nuestras repúblicas debe primar una  cultura democrática que supone respeto a la opinión de la minoría y establecer mecanismos electorales para renovar cuadros directivos. Hay que distinguir entre los "ataques" de la plutocracia despojada de sus privilegios o del imperio que no acepta se le prive de hegemonía y las "críticas" de quienes adhieren al proceso. Lo otro es la guillotina que no distingue entre "tirios" y "troyanos" .